Cine en las Arribes del Duero

Cine en las Arribes del Duero
Doctor Zhivago, La Cabina, Del Pirineo al Duero...

Mapa de La Ribera del Duero en 1641, durante la invasión portuguesa

Cascada del Remolino. ARRIBES DEL DUERO
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sábado, 4 de mayo de 2013

Coplas al DUERO: Picón de Felipe

La historia de amor del PICÓN del Tío Felipe, y la hazaña del Gitano que logró saltar el abismo sobre el Duero en las Arribes: dos de las sorprendentes historias y antiguas leyendas que se cuentan todavía por aquí.



Se recuerda el paso de la Reconquista en otras leyendas del AMOR como "la doncella Santa Marina" en Aldeadávila, o la "Sima de la Mora" en Almaraz de Duero, y tantas otras...

Tierra mágica y de encantos, propios del Noroeste ibérico, como la cercanísima trás-os-Montes, aquí existían brujas autoctónas, que las llamábamos "urgas", o seres mágicos que eran capaces de dar movimiento a enormes peñas colgadas sobre el río Duero: "la Peña que se bulle": esta historia se repite frente por frente en Aldeadávila y en Bruçó -aquí llamada popularmente "Borsó"-.



La imaginación  popular daba a estas peñas vida propia, lástima que la Peña de Aldeadávila fuera calzada por el propio Ayuntamiento hacia 1921.



Felipe, Felipón
tira de las manos,
tira del azadón

Felipe, Felipón
sueña con tu amada
tumba el Picón.

Río Duero, río Duero
¿porqué cruzaste nuestras vidas
y abriste Las Arribes?,
¿no ves que mi amada
está tan cerca
y no puedo cantarle mi copla?



Río Duero, río Duero
que abriste la brecha,
y separaste países,
déjame ver a mi pastora,
da la vuelta a Castilla.



¡Quiero derribar el Picón,
aunque me deje las manos,
que ya me estoy dejando el corazón,
me faltan herramientas,
me faltan manos!

¡Y tú, Duero
eres tan bravo...!
ruges allá abajo,
en el fondo de mis Arribes,
no me separes de mi amada,
que ya separaste países!

Creaste este Picón,
y no te puedo cruzar,
¿Porqué protestas en tu cañón?
Eres tú quien no me deja,
estar con mi amor.



Río Duero, río Duero
vuelve a tu Castilla,
y aléjate de mi pastora.

Quiero derribar el Picón
y cruzar sobre tu espuma.
Río Duero, río Duero
¿no ves que tu continuo sonar
me está volviendo loco?



Felipe, Felipón
vete con tus cabras,
sueña, sueña
con tu pastora de Bruçó.

Felipe, Felipón
pasa el Duero,
tumba el Picón.


Arco iris en el Picón del tío Felipe: una vista hacia la recta de Monte el Puerto. Aldeadávila de la Ribera

Pincha aquí para ver más coplas al DUERO:

"Peña La Silla del Fraile", otra antigua historia del Parque natural de Las Arribes.





El Picón del Tiú Felipe visto desde las aguas del Duero












viernes, 22 de febrero de 2013

Bajar al pueblo

Texto de Jesús María Figueira Conde.


En recuerdo de nuestros seres tan queridos, que nos han dejado este hueco, este vacío en nuestro corazón. Cada momento junto a ellos, sus imágenes, han quedado grabadas para siempre en nuestra memoria.
Juan Figueira 

“Bajar al pueblo”

El regresar cada verano al pueblo, era todo un acontecimiento anual en nuestra familia, al que mi madre dedicaba muchos preparativos durante una larga temporada; era también una conversación familiar diaria y continua. Para mi padre Juan, me imagino que no lo era tanto, porque solía quedarse durante los meses del verano sólo, trabajando en Bilbao, sin embargo, nunca decía nada. Tampoco nos decía que le gustara ir a Galicia, tanto es así, que no fui consciente hasta los 10 u 11 años de ser también descendiente de gallegos, mi “otra familia”.
Nada más llegar al pueblo, y no antes, tu madre te contaba el mote familiar, que era la forma de identificarnos, de “marcarnos” a los "forasteros", ya que en aquellos años 60 esto se tenía muy en cuenta. Bien sabía mi madre que nada más bajar a comprar me iban a preguntar…y así me ocurrió en la tienda de la Lumi, a donde entré a comprar garbanzos; una vez los pesó en una balanza muy moderna para aquellos años, me hizo la temida pregunta por debajo de aquellas gafas chiquititas: “soy hijo de Juliana la Dorotea –no me quedó más remedio que contestarla- aunque a mí me parecía todo aquello entrometerse en mi vida…enseguida me asoció con su hermana, mi tía Pepa.
El larguísimo trayecto desde Bilbao hasta Aldeadávila de la Ribera –con la ascensión al Tourmalet, llamado puerto de Barázar- podía significar llegar ya de noche con unas pesadas maletas de cartón endurecido, primero en el autobús de línea regular hasta Salamanca, después el coche de línea hasta Vitigudino, para continuar en un destartalado autobús con asientos de madera, hasta mi pueblo, y después subir andando desde las cocheras por la pesada cuesta de “la Bodega”: éste era el premio final de esfuerzo. Mi madre desde luego, era muy sacrificada.

Lo primero que hacía era encalar de blanco todas las paredes, ya que durante  el largo invierno habían ennegrecido, y desconchado los bajos de las paredes. Esta ingrata labor le llevaba dos días completos, con el pañuelo en la cabeza y tragando cal. Nos pedía a Juanjo y a mí que le ayudáramos, pero en cuanto podíamos, nos escaqueábamos con la pandilla del “Susi el mayor”, porque había otro Susi, "el chico”, que también participaba de sus juegos; además estaban, “el Eva", "Carlos”, Jose “el Tina”, y el Pirico.
Yo, en realidad, no pertenecía a la Pandilla del Susi, pero a donde iba mi hermano mayor, allí tenía que seguirle, como un perrito faldero. 
Con ellos aprendí a encontrar nidos y camadas de gatos, a fabricar utilísimas cerbatanas de las ramas de sauce, a disparar con arcos de las flexibles escobas, como si del indio Jerónimo se tratara, a dar pases de torero, a jugar a la peonza matona, a hacer carambolas con unas canicas de colores que me encantaban…cada día era interminable, y repleto de tantísimas sorpresas y juegos que se desconocían por completo en una gran ciudad, como era el Bilbao de los años 60. Nos olvidábamos por completo de qué hora era, y vivíamos inmersos en nuestro mundo interior, siempre rodeados de la naturaleza.
Nuestros padres nos obligaban a dormir la siesta, es lo que más me fastidiaba de todo, y quería llevarme coches de plástico diminutos para jugar en la cama, a la espera de que estuvieran ya dormidos nuestros padres: ésta era el momento de escaparnos de casa por la ventana de la habitación, pero había que traspasar el ruidoso portón de “la colaga”, ésta era la prueba más difícil, y el que despertaba a mis padres, recibía toda clase de improperios de su hermano…el destino, casi siempre, era la puerta del “Susi”; al resto de la pandilla no les sometían a semejante tortura…
En la “puerta de la Tía María ya estaba el avezado capitán con su compañía, quienes tenían ya perfectamente claras las instrucciones para el desarrollo de todos los juegos de la tarde: eran tan completas que daban para jugar hasta las 12 de la noche. Aprendí las características de innumerables insectos e invertebrados que nunca antes había visto: saltamontes, ranas, sapos, lagartijas, culebras, salamandras…y la temible, para mí, santa teresa…
Para esa hora del mediodía, la Tía María – la del Sebastián- ya había terminado de recoger la casa, y se disponía tranquila a comenzar sus tranquilas tardes de coser y punto, que es cuando verdaderamente descansaba, y al llegar los dos hermanos nos preguntaba si nos habíamos marchado de casa sin saberlo nuestros padres…conocía a mi madre, porque en realidad, a mi padre le daba lo mismo.

Un buen día, al llegar a la puerta de la Tía María, nos dijo que la pandilla estaba “atrás” en la finca…Juanjo y no les veíamos. Estaban todos dentro de una casita de piedra, que había surgido de la noche al día en la esquina más apartada, y a la que sólo le faltaba de poner un tejado. Las aventuras e historias que allí se contaban eran apasionantes.
Sentados todos en círculo, como en una tribu india, mirábamos a la cabecera, al norte, donde se sentaban los jefes sioux el Susi y el Carlos, que eran los verdaderos contadores de historias; una vez empezada la sesión, duraba toda la mañana y duraría todo el día o incluso me imaginaba que las vacaciones enteras, sino fuera porque nuestros padres se ocupaban de alimentarnos. A los dos hermanos sólo se nos cerraba la boca al oir la voz aguda de Nuestra madre Julia, claro que muchas veces, nos avisaban los compañeros, porque se nos había olvidado por completo. Otras veces, las mañanas pasaban en la sombra fresca de la puerta, y los poyos de la Tía María, y su marido, con una familia muy amplia. Los hermanos mayores del Susi se encontraban siempre trabajando, salvo la semana de fiestas.

Las tardes eran más movidas, abandonábamos la casita, y se recorría el barrio de punta a punta, casi siempre corriendo.
Un buen día descubrimos que “el Roque” había dejado unos novillos jóvenes en su “cortina” rodeada, como todas, de un paredón no muy alto. Allí, encaramados en la pared, y resguardados espiábamos día tras día los movimientos de la manada, donde pastaban, y sus costumbres, y sobre todo se hacían apuestas si alguno sería capaz de torearlos.
Hasta que llegó el momento de la decisión, no sé muy bien quién dio la orden, pero en fila india fuimos saltando el paredón sigilosamente, y adentrándonos en territorio enemigo, sin muleta ni nada, a las bravas, en un orden del más valiente al más cobarde. Yo fui el penúltimo en saltar al albero, ante las lógicas dudas de mi hermano, y ¡oh desgracia!, Juanjo se quedó entrampado en el paredón, por dentro de la supuesta plaza de toros. Susi y Carlos, mirando hacia atrás comenzaron a gritar, y Juanjo se azoraba aún más, yo intentaba rescatarlo…habíamos chafado la tarde de novillos.
Por la noche, era la hora del toreo de salón, unos hacían de maestro, y el resto de bravísimos novillos, siguiendo las indicaciones del novillero, que si no ves la muleta, que si no me entras, que estires los cuernos, el resto eran todos muy entendidos, y criticaban al novillo, o aplaudían a rabiar. Naturalmente, yo nunca puse dar pases, me tenía que limitar a estirar los brazos simulando tener unos cuernos tremendos y muy peligrosos, y nunca se me ocurrió cornear ni a los dos capitanes, ni al Pirico.
Nuevamente, a la voz de mi madre, se terminaba la novillada nocturna, y comenzaba la hora de las fascinantes aventuras de mi tío Valentín, alas que nunca faltaba mi padre.
Mi tío era otro gran “cuentista” de los muchos y buenos que abundaban en la Rivera, había vivido la guerra civil como chófer de camiones para el Estado Mayor, y pasado por la mítica Batalla del Ebro. Había llevado y traído tropas, y aprovisionamientos. Sentados en la acera veíamos como liaba parsimoniosamente su “ideal” –del que era raro que fumase dos en el día- e iba preparando el chisquero, atando primero el cordón. Movíamos la cabeza con admiración a cada ademán de sus manos,  y no empezaba la historia hasta que no lograba prender el interminable ideal. Sus historia no sólo versaban sobre generales, capitanes, y anécdotas con algún cargamento, sino muchas veces sobre contrabandistas, caranieros, la construcción de la famosa Torre mora, y el paso del mítico café portugués en esas noches de lobos, sobre aquellas aguas rugientes y embravecidas del Duero, como si del mismo río Bravo se tratara. Los carabineros de Aldeadávila eran muy malos, y lo que les ocurría, era que no les dejaban ganarse la vida a los míseros ribereños, que eran los “espaldas mojadas” de la frontera. Naturalmente, cada cosa, cada paraje, árbol, pájaro, cada pueblo tenía su nombre en nuestra antigua habla, que yo desconocía por completo…zangas, cortinas, casitas, Bruçó era Borsó, Lagoaça era La Guaza, Vilarinho la judía se convertía en Villarino, y así todo.
Muy rara era la conversación sobre política, en aquellos años de franquismo, y se entendía por “hablar de política” incluso cuando hablaran de economía, o de posibles mejoras en el pueblo, éste era el único momento en que mi padre intervenía, y nosotros bostezábamos. En los escasos ratos en que la historia paraba, nos tumbábamos en el suelo para mirar el cielo, eran unas noches casi sin iluminación y se descubría una Vía Láctea en la que podías contar a simple vista centenares de estrellas. Nuevamente era mi madre, la que ya de madrugada ponía orden en tanta imaginación infantil.
Y por fin, con las lluvias y primeros fríos de setiembre, llegaba la triste noticia, y veíamos cómo mi madre preparaba y llenaba con tristeza las pesadas maletas para el regreso. Una fría mañana de setiembre, estábamos los tres esperando el coche de línea junto al cementerio (mi padre, siempre muy trabajador, ya se había regresado a Bilbao); ¿ya marcháis?, era la pregunta inevitable, a modo de adiós de cada vecino montado en su mulo, y que se marchaban al campo a trabajar.

Con la cara pegada al frío cristal del coche de línea, y los ojos como benditos iba diciendo mi particular adiós a mi querido pueblo, cada casa, cada mujer que veía, le decía lo muy feliz que había sido áquel verano, mientras enfilábamos la recta hacia Corporario por aquellos caminos de Dios.
No era hasta llegar a Salamanca, y ver las torres de la Catedral cuando ya era consciente de haber abandonado un año más aquellos interminables veranos azules.

¡Ah, y esas tardes enteras trillando y escuchando las conversaciones de los mayores!





Fuente: villarinodelosaires.es





sábado, 17 de noviembre de 2012

La verdadera historia de amor del PICÓN de FELIPE#

*Me ha encantado ver en "Interpretando LAS ARRIBES", estos cómics dibujados con tanto gusto...








Se dice que hace mucho, mucho tiempo, en lo más recóndito y perdido de las Arribes, un joven pastor cuidaba de su rebaño de cabras, a la sombra de un Picón, frente por frente con el pueblecito de Bruçó. Así pasaba los días mirando el rugir del río Duero allá abajo, hasta que llegaba la noche y regresaba a su pueblo, Aldeadávila de la Ribera, con el rebaño que cuidaba.

Un buen día,en su meláncólico mirar vió a otra pastorcilla de Bruçó que también hacía de cabrera, y ambos se saludaron. Desde aquel día, madrugaba más y apremiaba a las cabras por senderos y peñas para llegar cuanto antes a su Picón.


Su amada pastorcilla Casilda siempre esta allí, para cuando él llegaba, esperándole...un buen día, Felipe contó en el pueblo su amor por Casilda, y se rieron de él, se sintió incomprendido, pero no le importaba, él sabía que podría simpre acercarse al Duero, y sentir, muy, muy cerca a su amada, aunque les separaran 500 metros de abismo.


Sirmpre, al llegar el anochecer, las pandillas de mozalbetes y las partidas, entre jijeo y jijeo, no perdían ocasión de motearse de Felipe: ¡Felipe, Felipón! ¿Ya viste a tu amada en el Picón?


Tanta burla le hacían, entre sus estruendosos jijeos, que un buen día comenzó a soñar con tender un puente que le uniera con su amada: empezaba temprano a derribar las rocas sobre el lecho del brumoso y rugiente Duero. Todo le servía: las manos, el cayado, cualquier utensilio y herramienta metálica para derribar el Picón, y hacer un puente imposible que la unieran con su querida Casilda.


Así, día tras día. Hasta que llegó el verano, y Casilda, nunca más volvería al invierno siguiente.


Felipe, un buen día desapareció bajo las aguas del potente Duero, loco en su amor por la pastorcilla, en su obsesión por tender un puente entre los dos países, Portugal y España.


Entre los dos pueblos, Bruçó y Aldeadávila de la Ribera. Ahí, en la roca, están los restos del trabajo de Felipe, se ven los arañazos en su Picón, que desde entonces se llama: "El Picón de Felipe"


"Felipe, Felipón,

tócame la flauta
y asómate al Picón.

Felipe, Felipín

no vayas a La Pipa
a soplar el flautín".







martes, 18 de enero de 2011

Peña "Perrera" otro mito de las Arribes

La Peña Perrera yace bajo las aguas del SALTO DE ALDEADÁVILA, desde 1964

Otra historia olvidada en Aldeadávila, y relacionada con la Naturaleza y el Contrabando es la llamada “Peña Perrera”, probablemente situada junto a los rápidos que había en la actual presa de Aldeadávila. Este nombre aparece utilizado en las habilitaciones de aduana por este paso en el período 1859 a 1865, pero en el libro de memorias de Eusebio Ledesma Mieza, que se refiere a sus años de niñez entre 1905 y 1910, ya no hace referencia a este nombre.


“Peña Perrera”

“Real órden habilitando el punto denominado Peña Perrera, en la provincia de Salamanca, para la exportación de cereales”

Ilmo. Sr.: He dado cuenta á la Reina (Q.D.G.) del expediente instruído en esa Direccion general á consecuencia de haber solicitado el Ayuntamiento de Aldeadávila de la Rivera, provincia de Salamanca, que la habilitación que le fue concedida por Real órden de 9 de Abril de 1859, para exportar al vecino Reino de Portugal, vinos y aguardientes, por el punto denominado en la misma Peña Perrera, se haga extensiva á los cereales:

Considerando que de accederse á lo solicitado no resultará perjuicio alguno á la Hacienda y sí un bien al país, puesto que tiende á aumentar la exportación al extranjero de sus frutos;

S.M., deseosa de proporcionar todas las ventajas posibles á la agricultura, industria y comercio; de conformidad con lo propuesto por V.I., ha tenido á bien mandar, que se amplíe la habilitación que actualmente disfruta en la provincia de Salamanca, el punto denominado Peña Perrera, para la exportación de cereales á condición que los que se dediquen á dicho comercio, se provean de los documentos necesarios en la Aduana de Aldeadávila.

De Real órden lo digo a V.I. para su conocimiento y efectos consiguientes. Dios guarde á V.I. muchos años. Madrid 8 de Mayo de 1862.

Salaverría.- Sr. Director de Aduanas y Aranceles.


En las épocas de bajo nivel de generación, puede verse cómo era el lecho original del río Duero. Foto de Lourdes.

martes, 29 de diciembre de 2009

Turismo cultural y del AGUA en las ARRIBES de SALAMANCA



Singular rincón histórico del Convento de Santa Marina de LAVERDE



Tierra de mitos y leyendas, esta naturaleza singular de Las Arribes se muestra en Aldeadávila y Corporario como un conjunto único de AGUA, TRADICIONES y NATURALEZA.
Siempre con ansias de mirar al futuro, Aldeadávila ha sido definida con acierto como “una extraña mezcla de historia y modernidad”.
El río Duero, tan bravío en estos parajes, entre cachones, fayales y picones ha llamado la atención desde muy antiguo, y sus riberas de clima mediterráneo han facilitado el asentamiento del ser humano, en pequeños núcleos de población, que con el fin de la Edad Media, y la creación del Ducado de Alburquerque a fines del siglo XV se fueron reunificando.


El poblamiento antiguo ha marcado su camino en las colinas o tesos próximos al padre Duero: la aldea de la Edad del Hierro situada en “El Encinal” que se conoció en los siglos XII y XIII como Ribiella o Rivas de Aldeadávila, el llamado“Verraco de Masueco” ubicado hasta 1933 en la raya entre Corporario y Masueco, los asentamientos tardorromanos de “Los Casales del Nieto” y la propia Corporario, y quién sabe si la propia Aldeadávila con su trazado medieval y sus callejuelas que definen una elipse perfecta de 900 metros no es también poblada en período vetton.






Ese campo ahora solitario, sólo poblado por rapaces del Parque Natural y pequeños mamíferos, y antaño muy frecuentado en labores agrícolas y por cabreros, está plagado de hermosos términos que nos transportan a pasados lejanos, a historias ya casi olvidadas, por donde nobles como García de Ledesma, o los Licenciados “Pumareda” y “de la Torre” amenazaban a los “pecheros” para quedarse con sus tierras, nombres como:


Atalaya, Remoria, La Torrecilla, Peña Hincada, Fuente de don Mendo o Mendiz, Sol de Marina, El Barril de Marcos, El Bodonal de Martín Calvo, Los Brazos de la Majada de los Coriscos –acaso llamado Moriscos-, El caño de Santa Marina, el caño de Laverde, Las Carbas de Vélez, Los Casales del Nieto, Los Coriscos, El Crespo…






Tierra de antiguas ermitas y devociones: La Cruz de Montemediano, La Cruz del Valle candil, La Cuesta de san Marcos, La Cuesta de Santiago, La Cueva de la Santa, La Cueva de San Pelayo, La Fuente de San Bernardo, La Cruz del Posadero…


Y el agua, siempre presente en cada esquina del camino, donde poder beber el caminante, y a las que tantos esfuerzos se dedicaron: Fuente de San Bernardo, Fuente Buena, del Cubo, de los Dados, Bordóñez, del Espino,de los Labajos, de los Labrados, de Martín, de don Mendo, de Miguel Ordóñez, Nueva, del Pinero, de la Piedra, Rebollo, de Rodrigo, de los Trigos, de Santiago, de los Gejos…


Y esos nombres tan sonoros, como la misma “habla de la Rivera”, y que nos hablan de Arribes, de rincones por descubrir y de una España todavía desconocida:
El Castellujo, La Corona y La Coronita, Valle de las Navas, La Horca, Valle del candil, El Gejo, Las Islas, Las lágrimas, Lamero Sancho, Los Lanchares, Las Lanjinas, La Majada de Arriba, La Majada de Juan Casado, El Molino de Viento, Naverrabea, Pasadero de San Pelayo, La Peña del Águila, Peña Dormidera, Peña Esmurriadera, Piedra Hincada, Peña de las tres cruces, Peña del Purgatorio, Peña de la Zorra, El Picón de la Huerta, El Pocito de Juan de Dios, los Pontones de la Santa, El Prado de los Gallegos, El Prado de la Guerra, La Puerta de Santiago…






El término “Arribes” descendiente directo del latín “Ad-ripam” que significa “junto a la ribera”, o “encima de ella”, tradicionalmente se ha empleado para describir “las tierras incultas” o que no se pueden aprovechar, y que son las inmediatas al río. En esta zona de “Las Arribes Centrales” parece cobrar mayor significación el término, incluso emplearse para designar numerosos parajes, todos ellos relacionados con intrincadas riberas del RÍO- con mayúsculas- y de arroyos que fluyen hacia él:
“el Rupinal”, “El Rupetín o Ropetín”, “la Rupurupai, “El Robortal”, “la Rodocolodra”, “La Rodocosa”, “el Rodomolino”,” El Rodo de la Sanguina”, Rodo Sende, La Rooscada, Roosanguino, Roostal, …”El Rostro”, península que penetra en Portugal, y al que nuestros vecinos llaman por eso “O Nostro”.


Como se ve, la familiaridad de los antiguos vecinos con cada rincón de Las Arribes les lleva a designarlos con el omnipresente artículo, muy usado en todos estos pueblos, rasgos que perviven de su antigua habla.


Pero es en las leyendas y mitos, donde podemos encontrar los rasgos más característicos de la original personalidad de estas gentes, tan apegadas a sus antiguos ritos y tierras. Es difícil encontrar una tierra castellana y leonesa con tantos mitos creados en torno a figuras como los árabes- llamados aquí genéricamente moros-, el temor a la naturaleza y a al rugir de las aguas en días de tormenta, la admiración por los estrechísimos cortados del “Salto del Gitano”, historias de contrabando al anochecer, y de violencia y muerte en unos años 60 del siglo XIX que Llorente Maldonado refería como “época gloriosa” sin duda, porque así se lo referían los más viejos en los años inmediatos de postguerra -1945 y 1946-.


Tierra ésta que no deja de sorprendernos, y en la que a poco que se bucee se encontrarán rasgos tan diferentes al resto de la provincia salmantina, sin duda favorecidos por el aislamiento, y la admiración por su extraña tierra.






Cada peña, cada rincón esconde una historia, pequeña pero bella, y nos referiremos sólo a algunas de ellas:
La más antigua parece ser la de la “construcción mora de la Torre-fortaleza de Aldeadávila” que ya citó Madoz en 1.845, además de dos sepulcros de nobles hoy desaparecidos. Pero es también relacionada con la época árabe, o con su finalización cuando se cita en Masueco una antigua leyenda de una doncella mora encerrada en una torre con inmensos tesoros, o la bella estampa de la ermitaña Santa Marina perseguida por el general árabe en su corcel, y que exclamó: “¡ábrete peña santa, que viene Marina cansada¡” ante los atónitos ojos del guerrero musulmán.






Poco después, peregrinos franceses traerían consigo en el siglo XIII la leyenda de “Flores y Blancaflor”, que todavía escuchó Menéndez y Pidal en Corporario en 1906. Empieza así, en su versión local:


1 Tan alta iba la luna
como el sol al mediodía
a pedir a dios del cielo
y a Santiago de Galicia,
a pedir a Dios del cielo
que le diese un hijo o una hija
para heredar el condado,
que herederos no tenían...


Mucho más recientes, aunque con el mismo misterio propio de estas tierras, son la “historia del Picón de Felipe” y del “Salto del Gitano”. Estas dos leyendas nos entroncan con la admiración por la naturaleza, y el secular aislamiento del otro lado de la “Raya húmeda”, así como con el mundo de los pastores, cabreros y el contrabando.


Es más antigua la versión del “Salto del Gitano” ya anterior al siglo XVI, y dice así: “Cuéntase que uno de estos bohemios, perseguido por la tropa y acosado de tal suerte que no tuviera más remedio que morir ó entregarse, tomó carrera, y dando un salto verdaderamente prodigioso, salvó la distancia entre las dos orillas”.

Hay que interpretar el término "gitano", "bohemio", como personas desarraigadas, como un contrabandista del momento.







A pesar del aislamiento y de persecuciones por las tropas, el amor hispano-portugués se hacía hueco entre peñascos y arribes:


“se cuenta de un pastor de Aldeadávila, Felipe, quien acudía con sus cabras al lugar más escarpado de las Arribes, y que se trata de un enorme peñasco que cae vertical. Como siempre acudía al mismo lugar con sus cabras, se llegó a enamorar de una muchacha del pueblecito portugués de Bruçó, a la que no podía ver, porque en el medio se halla el vacío del padre Duero-Douro; desesperado en la añoranza de su amada portuguesa, se dedicaba con las manos, con pequeñas herramientas, con lo que podía a realizar un puente o un paso que le permitiera cruzar el río y reunirse con su amada.”
Esta es la más bella estampa de Las Arribes, Felipe, en su locura se encontraba sin embargo en el camino correcto: borrar fronteras, separaciones y tratar de hermanar a los dos pueblos ibéricos, separados desde el año 1.139. Pocos metros, río abajo se haría la “Gesta de la construcción del Salto de Aldeadávila” en las décadas 1950-1960, inaugurándose en 1.964.






Hace siglos, estos agrestes parajes sólo eran frecuentados por cabreros y sus rebaños, y algún que otro “forajido” o “escapado de las justicias” como el célebre “gitano”, además de los frailes franciscanos menores de Laverde, que hasta 1830 cuidaron del Convento de Laverde y su célebre “huerta”. Se dedicaban a la enseñanza de la Gramática, y al cuidado de enfermos. Desde que a mediados del siglo XIII visitara estos parajes nada más y nada menos que San Francisco de Asís, y pocos años después “el infante Sancho I Pérez” pocos personajes célebres habían transitado por el camino de “Santa Marina” con dirección al hospital de “San Marcos” en Aldeadávila, dado lo escabroso del terreno, y lo cerrado que estaba por alcornoques, encinas y robles.


Pocas majadas bien conservadas quedan de aquellas veintiuna que se censaron por el Marqués de la Ensenada a mediados del siglo XVIII, un momento de aparente riqueza en Aldeadávila, que estaban situadas en los siguientes parajes –todos ellos cerca de Las Arribes-: Nave Espino, San Pelayo, Naverravea, Varrevachín, Carbajal, Lavesada, Losas, Los pajeros, Fuente rebollo, La laguna, Terroñas, Los Llanos, Pozo Madero, Las Navas, los Coriscos, Langinas, Fuente de Mendo, Juan Casado, La Roscada, Valle Hurdal y los Arribes.


La vida de un cabrero, podía ser tan bucólica, como la vida del “DIENTES” a finales del siglo XIX:


“PERICO nos entretiene contándonos las hazañas de el Dientes, un cabrero de aquellas montañas para el que no existía la palabra inaccesible, que quitaba la presa á las águilas en sus nidos, atando el pico á los aguiluchos, sosteniendo á veces luchas con las aves de rapiña en medio metro de terreno, pasando en aquellas grietas noches enteras y haciendo milagros de equilibrio, que sólo al ver los sitios donde los hacía se erizaban los cabellos. El pobre Dientes murió de un tiro que le disparó un jovenzuelo”.


Éste es el terreno que denominaban “inculto”, por eso la profesión de cabrero en el escalafón social estaba muy por debajo de todos aquellos que podían dedicarse a la agricultura.


Sin embargo, la situación cambiaría a finales del siglo XIX, y escritores célebres en fase “meditativa” como Miguel de Unamuno, o el médico de Aldeadávila por aquellos años, periodista y amigo del rector de Salamanca: “José González de Castro” que utilizaba el seudónimo de “Crotontilo” en sus artículos.



Atardecer entre Bruçó y Aldeadávila de la Ribera, donde las Hoces del Duero son más profundas


Unamuno dedicó durante los carnavales de 1.898 tan bellas palabras como éstas:


“Hubo un tiempo, hasta eso del año 30, en que floreció en su retiro aquel cenobio, ofreciendo en aquella colosal hendidura de la adusta meseta castellana escuela de recogimiento y meditación a los frailes menores durante algún tiempo del año y refugio para su vejez a los que de ellos pedían acabar allí sus días, en el vivo silencio, rezando a la sombra de los limoneros y al compás del murmullo del contenido río. Es, sí, un silencio vivo el que aquí reina, vivo porque reposa sobre el sempiterno rumor del Duero, que en puro ser continuo acaba por borrarse de la conciencia de quien lo recoge. Y como se pierde de cuenta este rumor del sempiterno curso del río, perderíase allí de cuenta el rumor del curso de las horas que habrían de desfilar en solemne procesión monótona. Allí, en aquel refugio, libertaríanse los espíritus del tiempo, engendrador de cuidados, yendo cada día a hundirse sin ruido con su malicia en la eternidad. ¡Siempre el mismo río, los mismos peñascos siempre, todo inmutable!. Cuando lo que nos rodea no cambia, acabamos por no sentirnos cambiar, por comprender que es el vivir un morir continuo, que “entre la vida y la muerte no hay espacio ninguno”, como reza la inscripción del convento de Laverde.






A este convento iban en un tiempo los riberanos a los perdones, por la Porciúncula, y aún hoy algunos recuerdan haberlo oído. En denominaciones de sitios ha quedado la memoria de los franciscanos que lo habitaron. Hay en el camino un punto que se llama el montadero de los frailes; a una peña que forma a modo de asiento le llaman la silla del guardián. Allí cuentan también, que viniendo Santa Marina perseguida de los moros y cansada del camino, al llegar a una peña le dijo:






“Ábrete, peña cerrada, que viene Marina cansada”






En la peña hendida se colocó un altar a la santa, y sobre ella se alzó la capilla de Santa Marina, cercana al convento.






La cuadrada torre del convento mostrando al descubierto el enladrillado de su cupulilla, mira al contorno. Contemplándola recordé aquellas dos hermosísimas estrofas de “Los dos Campanars”, de mosén Cinto Verdaguer:


“- Campanes ja no tinch, -li responía
Lo ferreney campanar de Sant Martí.-
¡Oh!, ¡qui pogués tornármelas un día!
Per tocá’a morts pe’ls monjos les voldría;
Per tocá’a morts pe’ls monjos y per mi.


¡Que tristos, ay, que tristos me deixare!
Tota una tarda los vegí plorar;
Set vegades per vèurem se giraren;
Jo aguayto fa cent anys per hont baixaren:
tu que vius més avall, ¿no’ls veus tornar?


Hoy en día no habitan en la profunda barrancada, fuera del rentero que explota lo que los frailes dejaron, más que los carabineros españoles, y del otro lado del río los guardiñas portugueses, vigilando el paso de la barca. El contrabando es lo único que a las veces anima el enorme tajo. Algunos desgraciados se ponen de acuerdo, lanzan de un lado a otro del río un bramante o cogiéndolo con los dientes lo pasa alguno a nado, con él tienden una maroma, y pendiente de un barzón pasan mediante una guindaleta, de un reino a otro, género prohibido. Es el modo de contrabandear allí donde no hay puente alguno, a lo sumo una manotera, y alguna vez un paso a saltos. La frontera natural se halla profundamente marcada, parecen haberse desgajado violentamente los dos reinos. Arriba nadie lo diría; desde Masueco aparece Ventosello, un pueblecito de Tras-os-montes, situado en la misma llanura, sin más que leves ondulaciones del terreno en el intermedio…”


El Almezal de Mieza de la Ribera, en La Codi y las laderas del Salto de Aldeadávila, una Reserva botánica en toda regla, única.


 Y es precisamente este contrabando, del que habla Unamuno el que más interesaba a los propios desgraciados, a los “desharrapados” de hace 110 años. El periodista L. Alonso en agosto de 1.906 habla así de ellos:



“Por aquí nos dijo PERICO pasamos una noche doce veces el río y “metimos” mil majuelos de contrabando.
-¿Y cuánto cuesta de entrada cada majuelo?
-Una peseta
-¿Buena noche entonces, ¿eh?
-Sí, señor; ganamos cinco pesetas para los dos (!!!)
Si el andar por aquellos lugares, no ya de noche, sino á pleno sol, supone profunda indiferencia por la vida, pasar el río, no una, sino doce veces, de noche, y por el procedimiento de la guindaleta, que ellos emplean, demuestra que para aquella gente el pellejo tiene menos valor que una colilla.




El procedimiento de la guindaleta es muy curioso: sobre el río, y atados los extremos en dos peñascos de las orillas, tienden una gruesa maroma, de la que cuelga y por la que resbala una argolla ó barzón; del barzón se suspende el que va á pasar, atándose por el cuerpo. Una cuerda más delgada, cuyo medio se ata al barzón y cuyos extremos cogen uno en la parte de España y otro en la de Portugal, sirve para hacer la tracción, porque el contrabandista, al colgarse de la maroma en una orilla, recorre, resbalando por su propio peso, medio camino, pero al llegar á la mitad del río, la maroma forma una V y es preciso tirar de la guindaleta para que llegue á la orilla opuesta. Naturalmente, ocurre con frecuencia que la maroma se rompe y el hombre va al río, que, por fortuna, en aquellos sitios es vado (70 metros de profundidad).”




Este abandono, esta falta de conexión con la sociedad salmantina y castellana, ya desde finales del siglo XIX hacía que la violencia, las muertes y los ajustes de cuentas estuvieran a la orden del día. También los robos y la pobreza, incrementado por la “peste de la filoxera” que arruinó los viñedos durante más de una década: es lo que Llorente-Maldonado recogió en 1947 de estas gentes:


“son alegres y bulliciosas…la época gloriosa que tuvo lugar hace más de 60 años…”


Descripciones que nos causan asombro, es nuevamente la de L. Alonso y sus acompañantes en el agosto de 1906:
“Cuando entramos en el pueblo- Aldeadávila- anochecía; en la esquina de una calle, una joven tocaba una campanilla y rezaba “Padrenuestros” por las almas de los difuntos, los vecinos la acompañaban en el rezo; no sé si fue la hora ó el respeto que inspiran esas viejas costumbres, lo cierto es que aquella escena nos emocionó. Pero mayor fue la emoción que nos causaron cuando después de cenar nos hallábamos conversando tranquilamente en la posada. Varios disparos y unos aullidos nos hicieron saltar en nuestros asientos, mientras los contertulios se quedaban tranquilos riéndose de nosotros.


-Ustedes no están acostumbrados á esto y por eso les extraña-nos dijeron-; son los mozalbetes que jijean y descargan las pistolas; eso lo hacen todas las noches: es costumbre.”


El paisanaje, de finales del siglo XIX era, desde luego muy característico de La Rivera, y diferente al del resto de la provincia, “un mundo aparte”, así la literatura nos ha dado breves, pero amenas descripciones de este tipo de personajes:


“el tío Romo”, “el tío Mateo de Masueco” y Miguel de Unamuno, los contrabandistas “Perico el Feo” y “el Roto”, los cabreros “tío Felipe” y “el Dientes”.


El contrabando siempre tuvo mucha importancia en estas tierras, ya desde el cierre de fronteras medieval que se da después de 1400 con la Batalla de Aljubarrota, pero mucho más en esta raya húmeda, intransitable, salvo para los naturales de la comarca, y que fácilmente “burlaban” la vigilancia de los carabineros de la Aduana. La descripción de las peripecias de “Perico el Feo” y “el Roto”, a comienzos del siglo XX es muy interesante:


“Lo que nos falta-nos decían- es andadero, puede decirse que llano. ¡Diantre!. ¡Á qué cosa llaman aquellas gentes llano y andadero!. Al poco rato de decirnos esto, y después de saltar entre cachales, la vereda se corta para dejar paso á un regato que desciende y por el que, según nuestros cálculos es imposible saltar. Miramos á “el Feo”, luego á “el Roto”, como preguntando: ¿Y ahora?


Ellos se ríen; “Perico” apoya los pies en un peñasco de la orilla, se deja caer sobre otro de la margen opuesta y nos dice:
¡Á pasar!
La verdad es que el tendido del puente ha sido rápido, económico y el piso es blando. Á nosotros nos duele más pisar sobre él que á él sufrir nuestro peso”.


Así de sencilla, y “sufrida” se muestra la gente de estas comarcas.


Estas tradiciones se muestran así de contundentes, no sólo en las labores del “cabrero” que el Ayuntamiento se propone potenciar y resucitar, y que ha dado pie a la restauración a lo largo de 2008 de dos majadas históricas en el camino de la “playa del Rostro”, el recientemente inaugurado “Ecomuseo de las majadas de las Arribes”, la próxima inauguración del “Monumento al Cabrero”, sino también en las fiestas tradicionales de estas tierras.





Fiestas de Aldeadávila


Las FIESTAS son el momento en que se abandonan las labores tradicionales del “campo”- y ahora de otros variados sectores-, y se regocijan los vecinos con tradicionales tan ancestrales como la “Fiesta bufa” durante los Carnavales–que tiene su paralelismo con “A Festa dos Velhos en Bruçó”, o “el día de San Antonio Abad” – en la que los mozos y niños recorren la noche anterior las calles y plazas a lomo de burros o mulos, para presentarse después en la casa del mayordomo a obsequiarles con pastas, vino ó chochos, “la noche de Ánimas” –un ancestral “Halloween” de esta Villa, pero sobre todo las fiestas de fin de verano, la fiesta por excelencia, en la que mayores, mozos, hijos de la Villa y “forasteros” como se dice aquí, se dan cita desde tiempos inmemoriales para festejar “las Fiestas del Toro de Aldeadávila”.


Todos estos aspectos festivos tenían su propio léxico dentro del habla ribereña que todavía se conserva en parte:


“Baile de la Rosca”, “Bambarro”, “Bodina”, “Bodoriu”, “Brea”, “Capoti”, “Chochos”, “Forasteru”, almendras “garrapiñadas”, “Jijeo”, “Jira”, “Mayordomo”, “Mozo”, “Partidas”, “Palenques”, “Talanqueras”, “Tamborinu”, “Toreru”, “Toru”, “Vacu”, étc.


Y es que la “Fiesta de los Toros”, según aparece en los libros Parroquiales de Aldeadávila, ya se celebraba antes de 1.565, porque se dice en 1.575:


“Juan Bautista- pintor de la ciudad de Salamanca- concede ante el escribano de Aldeadávila, diez ducados para la compra de un toro para los mozos de Aldeadávila. Las corridas de toros habían sido abolidas diez años antes”.


¡Qué poco ha cambiado esta costumbre en más de 5 siglos de lapso. Ese binomio toros-mozos de Aldeadávila, que es en definitiva, endulzado con más ingredientes, el auténtico corazón de estas fiestas que duran una semana completa, al terminar todas las labores agrícolas de la trilla y el cereal.


Estas fiestas se celebran “por San Bartolomé” desde el año 1.852 en que la Reina Isabel II – a petición de la Diputación Provincial de Salamanca- da autorización a nuestro Ayuntamiento para celebrar: “una feria anual los días 24, 25 y 26 de agosto”.


El aspecto principal de la feria era la adquisición de los “torus” añejos, hoy “vacus” de 2-3 años debido al “Reglamento taurino”, pero también la “Feria anual de ganado” de San Bartolomé, la más importante del Oeste salmantino hasta 1.983, año en que desparece lamentablemente.


En estas fechas, la población de la Villa- 1.450 habitantes- se incrementa de manera estable hasta los 3.000, y en los actos festivos principales de la programación- cuatro días taurinos- se calcula en 5.000 las personas que los presencian. Estas ferias son un gran imán comarcal, desde hace mucho tiempo, motivo que ha movido al Ayuntamiento de Aldeadávila, apoyado por toda la Corporación Municipal, Asociaciones Culturales, de Empresarios y vecinos a solicitar el pasado mes de Octubre su catalogación como “Fiesta de Interés Turístico Regional”: motivos no le faltan para esta declaración.


Las Peñas, con más de 50 en la actualidad, forman una parte muy importante del desarrollo de este “jolgorio colectivo” en el que participan grandes y niños, lo mismo da, y tienen su antecedente nuevamente en las tradiciones, a las que parecemos ser tan amantes en estas tierras, en concreto a “Las Partidas”, a las que se refiere Antonio Llorente-Maldonado de Guevara en 1.947:


“Una de las principales características de la vida riberana es la sociabilidad organizada de sus habitantes. Se reúnen en cuadrillas muy numerosas, las llamadas en Aldeadávila “Partidas”, …formadas en esta Villa por los que tomaron la Santa Comunión por primera vez, y juntos siguen unidos indisolublemente hasta la muerte; todas las fiestas son colectivas, cada partida por su lado, y cuando dos partidas se indisponen, la batalla- antes sangrienta, hoy solamente dolorosa) es inevitable. Esta unión no termina con el matrimonio, sigue inalterable; lo mismo los hombres que las mujeres,… permanecen ligados; y hoy…todos comen en casa de uno, mañana la gran juerga en la bodega del otro, muchos días las mujeres tienen por su parte una magnífica merendola, étc., y por la noche a rondar si son solteros,… a cantar si son casados.


Esto que pasa en Aldeadávila con las partidas, se encuentra con ligeras variantes en las cuadrillas de los demás pueblos: todo a base de amistad, de beber y de cantar…
No hablemos de las fiestas anuales, con sus corridas y su encierro “A LO SAN FERMÍN”, en las que se derrocha de todo:
Cante, danza, valentía, dinero, vino, palos…”


Y es este aspecto de la música, los bailes y los cantos donde se conservan antiquísimas Coplas populares, ya desde el siglo XVII, en donde la imaginación popular, los hechos cotidianos, y otros trágicos de la comarca tienen su cabida:


Así, el más antiguo conservado sería la “Copla del Toru de Aldeadávila:




“Toreru tira la capa
Toreru tira el capoti
Toreru tira la capa
Mira que el Toru te cogí
Vete pa casa
Mira que el Toru te cogí”.


O el “Toro de Mieza”, cantada en toda la Rivera salmantina, y que recogió en 1.906 Dámaso Ledesma:




“El Torito de este año
Ya lo tienen ajustado
Que lo ajustaron de noche
Por eso dicen que es bravo
Que lo ajustaron de noche...
Por eso dicen que es bravo...”






Durante los años 60 y 70 fue famoso en toda la comarca el tamborilero “Tío Veneno”, que heredó el tamboril de su padre. A él, el fervor popular le dedica coplas muy recientes, aportadas por DASNIO:


“Tamborilero, el Veneno
Y el Rondiche bailador,
Tocando las castañuelas,
El mejor, el tío Troncón”.


O esta otra copla:




“En un pueblo riberano
Hay boda de postín,
Toca el tamboril el Vene,
Baila la rosca, el Martín”.
La creación popular continúa con los modernos cambios en las "Fiestas del Toro":



(DASNIO)

"En la noche de San Bartolo
ya pasaron las carrozas...
ya sueñan con el encierro
todos los mozos y mozas"


La Naturaleza y el Turismo


En efecto, al valor ecocultural de nuestras tradiciones y cultura local, en el que incluimos nuestras fiestas tradicionales, el gran despegue del Turismo en nuestra región, y en particular en Aldeadávila, como su núcleo más activo, tiene mucho que ver la poderosa y vigorosa naturaleza que aquí disfrutamos, pero también con los pasos adecuados que han ido dando las diferentes corporaciones municipales desde los años 70:


“Todo el Municipio de Aldeadávila de la Ribera, con sus 46 km2, está integrado en el denominado “Parque natural de las Arribes del Duero”, en concreto en su Sector Central. Las figuras de protección que acoge el Municipio completo son:


Lugar de interés Comunitario (LIC) desde enero de 1.998.


Zona de Especial Protección para las aves (ZEPA), última actualización de julio de 2.004.


Catálogo de la Red Natura 2.000 de la Unión Europea.


Declaración de “Areas críticas” para la conservación de la cigüeña negra –Ciconia nigra. Orden de 22 de junio de 1.998. El Municipio está integrado, en concreto, en las Áreas 1 y 2.


El paisaje, suave y ondulado en el borde de la penillanura del Campo Charro, se transforma en abrupto y rocoso para descender hasta las profundidades del río Duero, en las llamadas tradicionalmente “Arribes”. Éstas son las dos componentes principales del paisaje en Aldeadávila:


Una campiña verde con cultivos de vid, cereales, frutales y jara en los bordes de transición de la penillanura, y unos cultivos típicamente mediterráneos en las Arribes: “olivos, almendrales, naranjales y limoneros” –así, como todavía decimos en esta tierra.


Las vistas panorámicas que se disfrutan entrando por la carretera de La Zarza, y en los tesos de “La Horca”, “de María Auxiliadora” o de Santiago, y en las altitudes mayores que se dan en el “Teso de la Cabeza” y “Teso de la Vesada”.


Los mamíferos, vertebrados y rapaces tan abundantes aquí son un reducto de los que vivían en la penillanura salmantina durante la edad media, pero acondicionados a la flora e invertebrados típicos de “Las Arribes”. El sistema de parcelamiento secular por medio de “paredones”, y el sostenimiento del terreno en las riberas del Duero por medio de “bancales” logran evitar la erosión del terreno y su degradación. El valor cultural de la agricultura tradicional de “subsistencia” cobra aquí la máxima importancia, porque no sólo ha conservado el medio natural, sino que lo ha potenciado.




El mismo valor cultural e importancia se le ha dado en estas tierras olvidadas a las “fuentes”, “pilones” y “caños” conscientes desde siempre de que el agua es un valor escaso. Por eso, en cualquier recodo del camino, al abrigo de una peña, en cualquier placita de la Villa, y sobre todo a sus entradas, se han sabido mantener las fuentes, y siempre se ha preparado por parte del “concejo” los dineros necesarios para su mantenimiento, o para desarrollar nuevas. Lamentablemente, las fuentes de bóveda de origen más antiguo como “Fuente Santiago”, ó “Fuente Remoria” han sido desmanteladas en la época de los años 70, pretendiendo volver a valorizar el Ayuntamiento estos antiguos recursos. Entran dentro de este estudio la valorización del puente del “arroyo Remolino” que mantiene en pie sus antiguos pilares, y el antiquísimo puente de “calle Berzal”.


En visitas medioambientales por la campiña “aldeavileña”- término más tradicional que el nonato término de “aldeaviluco” que se quiere introducir- el Visitante atento podrá descubrir y observar-sobre todo en época de celo- mamíferos como garduñas y jinetas, tejones y zorros; diversos tipos de culebras como las de escalera, herradura y lisa meridional, pero sobre todo la más abundante “bastarda”, así como todo tipo de “eslizones”, lagartijas, y salamanquesas; también en épocas de tormentas, y junto a las charcas y lagunas: ranas, sapos, salamandras y tritones, también en algún “pilón” sin uso agrícola. También cangrejos “autóctonos”


De la antigua riqueza piscícola del Duero antes de la construcción de la presa, por desgracia ya no quedan las “lampreas” que hicieron famosa en Salamanca las aguas de Mieza y Aldeadávila; han sido sustituidas por los barbos y tencas, y el menos apreciado lucio.
Pero donde principalmente destaca el “Parque Natural de las Arribes del Duero” y lo hace singular y único, es en la gran riqueza de aves que se dan, algunas de ellas únicas:


Cigüeña negra: posee más del 8% de la población total española, estando censadas 20 parejas.


Alimoche: con 75 parejas censadas, supone el 20% de la población regional, y el 6% de la española.


Y el emblema de las aves de las ARRIBES: el buitre leonado con más de 550 parejas, que suponen más del 13% de la población regional.


Menos abundante, pero también muy fotográfico y vistoso es el vuelo del Águila real con 24 parejas censadas, que suponen el 20% de la población regional, y el 10% de la nacional.


El águila perdicera con 17 parejas concentra toda su población castellana y leonesa en estos fayales, puesto que constituyen el 65% de la población regional.


El búho real (Bubo Bubo) con casi 30 parejas.




Todas estas aves de gran porte, cuya reserva de hábitat supone uno de los últimos recursos naturales de Castilla y León, hizo que ya desde el año 1.992 se tuvieran en cuenta y censaran sus recursos valiosísimos, además tenemos el buitre leonado, el halcón peregrino, la chova piquirroja, dos colonias importantes de quirópteros y una de las 12 áreas españolas de la herpetofauna.


Los planes futuros para el Parque pasan por su solicitud para la declaración de “Reserva de la Biosfera” ante la UNESCO, uniéndose así a la Sierra de Béjar salmantina, la construcción y mejora de los miradores existentes, fundamentalmente en los Municipios de Aldeadávila, Mieza y Vilvestre, y el proyecto estrella: “Un sistema integrado de control y depuración de las aguas”.


Aldeadávila ha sido consciente desde hace muchos años de su increíble potencial turístico, y ya desde los años 60 ha dado pasos en dicha dirección. El resultado actual que podemos calificar de “cabecera turística” de Las Arribes junto a Fermoselle, y Miranda do Douro no es fruto del azar, sino de su centralidad –no reconocida oficialmente- y de las iniciativas que han ido desarrollando sus diferentes corporaciones.


Así, la construcción de las piscinas y del polideportivo descubierto marcó esta senda al comienzo de los años 70, seguido una década después de la apertura del bonito complejo del “Albergue La Noria”: de ambas iniciativas tomaron buena nota el resto de ayuntamientos de la comarca, incluso Vitigudino que fue posterior.


La afición local “al juego de pelota” y la potenciación del baloncesto provincial hicieron necesario la construcción de un frontón cubierto, en su día orgullo del pueblo, también en la década de los años 80. De esta época son las iniciativas populares para realizar la primera senda del Duero, a través de una carretera rayana con Las Arribes, pero sobre todo el desarrollo local del barco pionero “Corazón de Las Arribes”, así como la ejecución de la playa fluvial en “El Rostro” de Corporario, nuevamente esta iniciativa fue imitada en Vilvestre-Freixo y en Fermoselle-Miranda do Douro.


Se potencia así enormemente el potencial turístico de la Villa, momento que crea los primeros “Centros de Turismo Rural” donde en un entorno de naturaleza, y de actividades agrícolas y ganaderas se potencia el contacto de los “Visitantes” con otro mundo muy diferente al de la ciudad: lo que en esta tierra llamamos “el campo”. De este momento-mediados de los 80- se construyeron y rehabilitaron dos granjas-centros de turismo, también pioneros en la comarca, y que vinieron a complementar al tradicional hotelito “El Porrón”.


Hoy en día, y gracias al mayor apoyo de las Instituciones, y a las subvenciones europeas y comunitarias gestionadas por “Adezos”, ALDEADÁVILA cuenta con más de 200 plazas para Visitantes, gracias a 6 Centros de Turismo Rural, el Albergue La Noria, y 3 Hoteles. La oferta se complementa con una “Zona de Autocaravanas” junto a “La Noria” que se hace pequeña y se va a ampliar para cubrir las necesidades.


La apertura en el año 2.002 de la “ermita de San Sebastián” como Oficina Municipal de Turismo dió cabida en el Municipio a una gestión moderna y planificada de los recursos, así como la posibilidad de realizar campañas de publicidad incluso de ámbito nacional.


La oferta se con varios restaurantes que ofrecen los tradicionales “potes” de la región, y con diversas opciones de “turismo activo” tanto en la naturaleza, como rutas guiadas y posibilidad de recorrer las arribes en el vehículo tradicional de estas zonas: el mulo y el burrito.


Las acciones de promoción que cada año realiza el Ayuntamiento cubren las más insospechadas facetas:
La catalogación y restauración de elementos arquitectónicos de arquitectura tradicional y religiosa, contándose más de 150 monumentos en el “Casco histórico”.


El mantenimiento y embellecimiento del recurso del agua: son innumerables las “Fuentes” o “caños” y los “pozos de lavar” tradicionales. También entra en esta preocupación la restauración de los tres puentes medievales conocidos.


El mantenimiento y ampliación del recurso del “Crucero Corazón de las Arribes”: se ha dotado recientemente de un nuevo barco cubierto e insonorizado con más de 100 plazas, la instalación de merendero en la playa fluvial, y la ampliación de las instalaciones. Punto señero en este recorrido es la reciente apertura del “Ecomuseo de la Majadas Arribeñas” donde se enseña cómo era la vida de un cabrero en los años 50, con explicaciones del último cabrero tradicional.


La colaboración del Parque Natural viene siendo importante en los últimos años, con el “Proyecto del Muladar de El Encinal”, en el camino de Santa Marina, donde los biólogos e investigadores especializados de las aves, puedan observarlas tranquilamente, y ahora mismo se están adecuando dos miradores.


La señalización de monumentos y de las calles de la Villa, con una breve explicación de su historia, así como la erección del “Monumento al Cabrero”


Otro punto donde también es pionera nuestra localidad es en la creación de la “Agencia de Desarrollo Local”, y en el impulso de la “Fundación Aldeadávila Bien de Interés Cultural”.


Los proyectos en ejecución son muchos: la renovación del sistema de alumbrado por otro más respetuoso con la tradición y más eficiente-otra de las ideas pioneras de este pueblo-, la Solicitud para la declaración de las “Fiestas del Toro” como “Bien de Interés Turístico de Castilla y León”, la futura creación del “Museo del Contrabando” del que Aldeadávila nuevamente era punto señero en los siglos XIX y XX, y sobre todo su reconocimiento como “Bien de Interés Cultural”, uniendo así su interesante casco medieval al de las localidades ya reconocidas de San Felices de los Gallegos y Fermoselle.
“Aldeadávila se está vistiendo de galas, como si fuera una novia”.






En palabras del alcalde Santiago Hernández: “está quedando más bonita que nunca”.
Sin duda que así es, y en ello intervienen sus recursos turísticos, sus ricas tradiciones y gastronomía, y su conjunto monumental.

Conocer la participación de las gentes humildes y de la Ribera en ese gran proyecto tecnológico que supuso SALTOS DEL DUERO, comenzado en 1903...











Fuentes:


Historia de Aldeadávila de la Ribera, porRamón Grande del Brío.


DASNIO.


"Revista: "La ilustración española y americana", 8 de setiembre de 1.906- Nº XXXIII

Puerta de Abajo de Aldeadávila, y el emplazamiento del antiguo túnel de la Torre-Fortaleza